¿Ha vuelto el rock? El nuevo auge del pop alternativo con guitarras

Cada vez que una estrella pop enchufa una guitarra distorsionada, alguien abre una cuenta atrás para anunciar la resurrección del rock. El género ha muerto tantas veces que, a estas alturas, debería tener tarjeta de puntos en el más allá: a la décima defunción, un café gratis.

Pero hay algo real detrás del ruido. Las guitarras han recuperado presencia en el pop alternativo, el pop-punk vuelve a funcionar como idioma emocional para una generación que convierte una ruptura en un apocalipsis de tres minutos, y varias bandas de rock están ampliando público sin necesidad de disfrazarse de nostalgia ambulante. La pregunta interesante no es si el rock ha vuelto. Es qué llamamos rock cuando decimos rock.

El rock nunca se fue; perdió el centro del escenario

Conviene desmontar el titular grandilocuente antes de que nos golpee una chaqueta de cuero vintage. El rock no desapareció: dejó de ocupar el lugar dominante que tuvo en buena parte de la radio, la televisión musical y las listas generalistas. Mientras el urbano, el pop electrónico y las múltiples mutaciones del rap conquistaban el consumo masivo, las bandas siguieron editando discos, llenando salas, girando y acumulando seguidores muy fieles.

Lo que ha cambiado es la visibilidad de ciertos recursos asociados al género. Un riff reconocible, baterías más musculosas, un estribillo que pasa de la contención al derrumbe y voces que no temen raspar un poco. Todo eso se ha filtrado de nuevo en canciones pop de gran alcance. Olivia Rodrigo ha conectado con la herencia pop-punk de los 2000; Benson Boone ha llevado la explosión de banda al formato de balada épica; Miley Cyrus exploró un territorio más rockero y ochentero en Plastic Hearts; y Machine Gun Kelly convirtió su giro hacia el pop-punk en una operación visible y comercial.

Nada de esto obliga a meterlos en la misma caja que una banda de garage, post-punk o hardcore. Solo confirma algo bastante menos dramático: el pop vuelve a utilizar el vocabulario del rock con soltura. Como ha hecho siempre, por cierto. El pop lleva décadas saqueando —con cariño, con dinero o con ambas cosas— cualquier sonido que resulte eficaz.

Una guitarra distorsionada no expide carnés de rock

El problema de la conversación es que solemos tratar los géneros como si fueran una receta de croquetas: dos guitarras, una batería, cierta cantidad de distorsión y listo, certificado oficial. La música no funciona así. El rock tiene rasgos reconocibles, pero ninguno es exclusivo suyo.

Está el backbeat, ese énfasis rítmico en los tiempos dos y cuatro que viene del rhythm and blues. Están los riffs, las progresiones sencillas heredadas del blues, las escalas pentatónicas, las dinámicas de verso contenido y estribillo gigantesco. También la centralidad de una banda, o al menos la sensación de que una canción se sostiene sobre la fricción entre instrumentos. El detalle incómodo es que todos esos elementos viven hoy en muchísimos estilos.

Una producción puede construirse casi por completo con herramientas digitales y, aun así, sonar a pop-punk. Una balada puede reservar guitarras y batería para hacer estallar su último minuto sin dejar de ser una balada pop. La diferencia suele estar en el papel que juega ese lenguaje: ¿el riff es el esqueleto de la canción o un subrayado dramático? ¿La banda marca la identidad del tema o entra para levantar el estribillo como quien echa guindilla al plato?

Por eso es más útil hablar de grados de cercanía que librar una guerra de etiquetas. No hace falta decidir si una canción es “rock de verdad” para entender que usa su energía, su imaginario o sus herramientas. El tribunal de adolescentes que todos llevamos dentro puede tomarse la noche libre.

Del pop-punk sentimental al post-punk de club

La actual fiebre de guitarras no tiene una sola cara. El pop-punk ha regresado como una especie de filtro emocional: acordes rápidos, batería que corre, melodías enormes y letras sobre ansiedad, deseo, celos o decisiones románticas de dudosa salubridad. Es una fórmula directa, eficaz y poco dada a la sutileza. A veces eso es exactamente lo que pide una canción.

En el extremo menos luminoso, el post-punk y el art rock han encontrado una conexión fértil con las pistas alternativas. Fontaines D.C., por ejemplo, representan una forma de rock que no renuncia a crecer hacia el pop, la electrónica o una producción más atmosférica. Su caso desmonta otra fantasía recurrente: la de que abrirse a otros sonidos equivale a traicionar una esencia sagrada guardada en una vitrina.

También están propuestas como Turnstile, que partieron de coordenadas hardcore y han llegado a oyentes que probablemente no se acercarían a una sala con olor a cerveza derramada y amplificador recalentado. Su éxito no prueba que el hardcore sea ahora música de centro comercial; prueba que los límites entre escenas son bastante más porosos de lo que dictaba el manual.

Y ahí entra un factor decisivo: en los festivales y clubs alternativos funciona la energía compartida. Una canción con bajo insistente, guitarras angulosas, percusión seca y un estribillo liberador puede dialogar con un set de electrónica, una sesión de indie bailable o un directo de pop oscuro. El rock actual no siempre pide que le dediques la noche entera. A veces se cuela entre dos temas de synth-pop y se queda con la pista.

Rebeldía, estética y el negocio de parecer peligroso

Otra discusión habitual apunta a la actitud. Durante décadas, el rock se asoció a la protesta, la contracultura y la incomodidad política. Ahí están Midnight Oil, Rage Against the Machine o System of a Down, entre muchos otros. Pero tampoco conviene convertir el pasado en una asamblea permanente: AC/DC hizo de la fiesta y el sexo su gran asunto; y el rock alternativo de los noventa dejó joyas dedicadas a melocotones, gatos y bichos. Una canción absurda puede ser estupenda. Una canción política también. El problema no es de qué habla, sino si tiene algo que decir y cómo lo dice.

La rebeldía, además, siempre ha tenido departamento de marketing. Los Sex Pistols y su estrecha relación con la moda de Vivienne Westwood son un recordatorio perfecto de que la provocación puede ser genuina y, al mismo tiempo, vender camisetas. Kiss convirtió su identidad en una maquinaria de merchandising capaz de comercializar casi cualquier cosa, incluido un ataúd oficial. El rock no murió: aprendió a facturar.

Hoy esa tensión sigue viva. La estética rockera puede ser una decisión artística, una estrategia comercial o ambas a la vez. No hace a un artista falso tener campaña, estilista o sello; tampoco le otorga automáticamente credibilidad llevar botas, eyeliner y una Fender al cuello. La autenticidad no viene con el ticket de compra.

Una ruta editorial para escuchar las guitarras de ahora

Para entender el momento no hace falta buscar un nuevo salvador del rock. Mucho mejor escuchar las distintas rutas que siguen las guitarras contemporáneas:

  • Olivia Rodrigo: pop de gran escala que absorbe la tensión, los cambios dinámicos y el nervio melódico del pop-punk.
  • Fontaines D.C.: rock alternativo que ha crecido incorporando texturas pop y electrónicas sin perder gravedad ni mordiente.
  • Turnstile: el cruce entre hardcore, melodía y producción expansiva que demuestra que la intensidad también puede ser transversal.
  • Wolf Alice: una de las referencias para entender cómo el rock puede moverse entre la aspereza, el dream pop y el gancho inmediato.
  • Idles: una propuesta de nervio punk que convierte la tensión física y la catarsis colectiva en parte central de su directo.
  • Carolina Durante: desde Madrid, una manera de hacer indie rock urgente, costumbrista y coreable sin barniz de solemnidad.
  • Alcalá Norte: una muestra de cómo las nuevas escenas españolas siguen encontrando personalidad en las guitarras, la observación urbana y el imaginario de barrio.
  • Biznaga: punk y rock alternativo con letras que miran de frente a la precariedad, la ciudad y sus pequeñas derrotas cotidianas.

Quizá el diagnóstico más sensato sea el menos espectacular: no vivimos una segunda edad dorada calcada a otra época, porque las épocas no se fotocopian, por suerte. Vivimos un momento en que el pop alternativo vuelve a querer volumen, roce y estribillos capaces de hacer saltar una sala. El rock permanece ahí, mutando, contaminándose y discutiendo consigo mismo. Como siempre. Lo único realmente muerto es la idea de que una canción necesita pedir permiso para cruzar géneros.