Julia Ducournau inaugura Sitges con homenaje

El Festival de Cine Fantástico de Sitges abrió su edición más esperada con una propuesta tan poderosa como emotiva: la nueva película de Julia Ducournau, una de las voces más singulares del cine contemporáneo. La directora francesa, conocida por su estilo visceral y provocador, presentó una obra que combina el horror corporal con una sensibilidad poética, rindiendo homenaje a las víctimas del sida desde una perspectiva simbólica, fantástica y profundamente humana.

La película —aún sin título oficial en algunos países— fue recibida con una ovación de pie por parte del público y la crítica. En ella, Ducournau vuelve a explorar los límites entre la carne, el deseo y la identidad, esta vez a través de una narrativa que mezcla lo sobrenatural con la tragedia real de una generación marcada por la enfermedad y el estigma. La cinta sitúa su acción en una ciudad imaginaria donde un misterioso virus transforma lentamente a las personas en seres de luz. A medida que los cuerpos se desintegran, los personajes descubren que esa “mutación” no es una condena, sino una forma de trascendencia.

Ducournau, que ya había impactado al mundo del cine con Raw (2016) y Titane (Palma de Oro en Cannes 2021), continúa fiel a su estilo: una estética corporal que combina belleza y brutalidad, con imágenes que incomodan tanto como hipnotizan. En Sitges, la directora explicó que esta nueva película nació del deseo de hablar del sida desde un punto de vista distinto, alejado del realismo clásico o del drama social. “El cine fantástico me permite expresar lo indecible”, afirmó. “No se trata de mostrar el sufrimiento literal, sino de transformarlo en algo espiritual, en una forma de resistencia y amor que atraviesa el cuerpo.”

La proyección, que inauguró el festival ante una sala llena, estuvo acompañada de un discurso breve pero conmovedor. Ducournau dedicó la película “a todos los cuerpos que la historia olvidó”, en clara referencia a las víctimas del sida, muchas de ellas marginadas por prejuicios y tabúes. Su obra, cargada de metáforas visuales, muestra cuerpos que se funden con la materia, que se convierten en luz o desaparecen en el aire, como si el virus fuera también una metáfora del amor que consume y transforma.

El público de Sitges, acostumbrado a las propuestas extremas, encontró en la película una delicadeza poco habitual dentro del género. La banda sonora, compuesta por Rone, refuerza el tono melancólico y onírico de la historia, mientras que la fotografía de Ruben Impens (colaborador habitual de la directora) juega con contrastes de color que evocan tanto la pasión como la decadencia.

Uno de los elementos más destacados es la interpretación de la protagonista, Garance Marillier, quien ya trabajó con Ducournau en Raw. Su actuación transmite una mezcla de fragilidad y fuerza, moviéndose entre el dolor y la iluminación con una intensidad que emociona sin necesidad de palabras. En su personaje, el cuerpo se convierte en territorio de lucha, memoria y liberación.

El homenaje al colectivo de las víctimas del sida no se limita a la trama, sino que atraviesa toda la puesta en escena. Los símbolos del cuerpo enfermo —la piel, la sangre, la transformación— se reinterpretan como actos de belleza y resistencia. En lugar de mostrar el sufrimiento desde la pena, Ducournau propone una mirada empática y luminosa, en la que la muerte y la vida se confunden en un mismo gesto de amor.

La inauguración del Festival de Sitges con esta película marcó un inicio intenso y emocional, situando de nuevo al certamen como un espacio donde lo fantástico sirve para hablar de lo profundamente humano. El público, visiblemente conmovido, reconoció el valor de una cineasta que ha sabido convertir el dolor colectivo en arte, explorando la vulnerabilidad sin caer en el sentimentalismo.

Con esta nueva obra, Julia Ducournau consolida su posición como una de las creadoras más valientes del panorama actual. Su cine sigue desafiando los límites de la representación, recordando que incluso en los cuerpos heridos y en las historias silenciadas puede encontrarse una forma de luz. En Sitges, esa luz brilló con fuerza, iluminando tanto la pantalla como la memoria de quienes alguna vez fueron invisibles.